¿Qué se leía en época de Cervantes?

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“Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado por mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. “

El Quijote I, cap. IX.

Andrés Trapiello en su artículo Los papeles rotos de las calles  nos habla de la afición a la lectura de nuestro escritor. Os incluyo aquí un resumen de este excelente artículo:

“Nadie ha descrito mejor la afición a la lectura que Cervantes. Lo  hizo, como es sabido, en el capítulo noveno del Quijote. No dijo por qué le gustaba tanto leer ni tampoco por qué escribía, a menudo en condiciones adversas. Tan solo nos informa de su extrema afición a leer. Debió de leer también en condiciones poco gratas, en casas modestas, pequeñas y ajetreadas, calurosas en verano y heladoras en invierno, cuando no en ventas o posadas, colonizadas por gentes de paso que son, por naturaleza, las más escandalosas, o en carro o sobre una caballería. Solo así se alcanza a comprender el entusiasmo y devoción con los que Cervantes nos habla en elQuijote de la casa del Caballero del Verde Gabán y del “maravilloso silencio” y sosiego que reinaban siempre en ella. […]

1453922628_537385_1453924175_noticia_normal.jpgY que Cervantes leyó y escribió en condiciones penosas, decíamos, no hay que dudarlo. Él mismo confesó que había empezado su Quijote en “una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. A ella le había llevado su mala suerte, mala suya y buena nuestra, porque sin esa circunstancia acaso no habría empezado él su libro y hubiese seguido dedicándose a sus negocios, esos precisamente por los que le acusaron de malversación y apropiación indebida de fondos públicos. Únicamente cuando se vio expulsado de la Administración para la que trabajaba, Cervantes, que había llegado a la Administración tras fracasar como novelista y autor de comedias, volvió a agarrarse a la literatura como a un clavo ardiendo. Durante todos los años que estuvo alejado de la péñola (digámoslo así en honor de Cide Hamete, que colgó la suya, “matando” a don Quijote en el último capítulo, para evitar, qué ingenuo, cualquier secuela), todo el tiempo que estuvo sin coger la pluma, decía, Cervantes leyó, y leyó mucho, a su manera, sin demasiado orden y todo género de obras, tal y como haría hoy cualquiera de los lectores llamados compulsivos.

Tiempo tenía de sobra. Se pasó media vida de aquí para allá, solo, viviendo, decíamos, en ventas y posadas, sin contar los cinco pasados en el cautiverio de Argel y casi otros tantos acogido a la milicia, acuartelado o en el hospital, reparándose de las heridas que lo dejaron manco, o los meses que pasó en Esquivias, el poblachón manchego, recién casado él y soñando en la manera de salir de allí como fuese. En todos esos lugares le sobrarían ocasiones y momentos para dedicarlos a la lectura y hacer más liviana su soledad y sentir que su vida estaba un poco más viva de lo que en realidad lo estaba cuando la dedicaba a negocios que tampoco le interesaban lo más mínimo.

Honore-Daumier-Don-Quixote-Reading.JPGDespués de haber seguido los primeros pasos del Quijote, Cervantes, que seguramente no pensaba escribir una novela demasiado larga, debió de considerar que la cosa daba para mucho más, que sería una lástima dejar aquello en otra de sus novelas ejemplares, y así, sin saber muy bien cómo continuar ni por dónde tirar, nos fue contando al mismo tiempo la historia de don Quijote y la historia de su novela, cómo iba haciéndola. Quiero decir que contaba la historia de don Quijote y en cierto modo la suya propia como novelista, sin ocultarnos nada, y así el lector del Quijote asiste entre admirado y divertido a cómo Cervantes se pregunta a cada paso: ¿y cómo voy a salir yo ahora de esto, qué voy a hacer con este hombre, lo mando a Zaragoza o a Barcelona, hago que muera o le dejo vivir un poco más?

En el capítulo octavo ya había decidido que don Quijote siguiera un poco más, pero necesitaba contarnos cómo y dónde se encontró el resto de la historia. Eso lo contará en el noveno, cuando relata que se fue al zocodover o plaza principal de Toledo, donde se celebraba el mercado, buscando información sobre don Quijote, y allí quiso la casualidad que asistiera a una escena bien curiosa: vio cómo un chaval le traía a un sedero unos cuantos “cartapacios y papeles viejos”, y, añade, “como yo soy aficionado a leer aunque sea los papeles rotos de las calles, llevado de esta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos”. Pero la afición a leer de Cervantes era tanta, que el que estuvieran escritos en caracteres arábigos no le desanimó, y buscó por allí cerca alguno que los conociese, cosa harto fácil, nos dice, pues en Toledo quedaban muchos que leían esa lengua, y aun la hebraica.

alonso-quijano11.jpgPorque, y aquí queríamos llegar, Cervantes nos confiesa que le gusta mucho leer, “aunque” sean los papeles rotos de las calles. Es decir, que lee en ellos cuando no tiene otros mejores y completos que echarse a los ojos, que esos papeles rotos no son sino aperitivos o entremeses o postres, si se quiere, de los verdaderos papeles que están esperándole siempre, aquellos en los que tratará de averiguar la razón por la que lee y por la que escribe, aquellos en los que tratará de averiguar por qué el que está roto por dentro es siempre el lector que necesita reposo, “maravilloso” silencio, tiempo dilatado y tranquilo para descubrir el sentido desconocido de la vida.”

Pero ¿qué se escribía en su época? ¿qué pudo leer Cervantes?

Dos elementos característicos debemos destacar de la literatura de transición del siglo XVI al XVII: la agudeza y la reconstrucción de códigos. La agudeza, tanto verbal como conceptual responde a una estética en la que se valoran el ingenio, la ironía, la sutileza del pensamiento y la visión crítica. La reconstrucción de los códigos se refiere a una nueva visión del mundo que da lugar a una forma distinta de interpretar los elementos literarios tradicionales, y supone una renovación de temas y estilos.

Así, los temas y tópicos sobre los que se asentaba anteriormente la literatura (las costumbres del amor cortés, los modelos caballerescos de conducta, la idealización de los relatos amorosos y pastoriles, etc.) comienzan a agotarse, a resultar ingenuos frente al idealismo que irá extendiéndose. Los códigos tradicionales que fundamentaban los textos literarios empiezan una evolución hacia una forma de  escribir más moderna.

En este proceso de renovación, Cervantes fue un pionero. Su obra se convirtió en una síntesis de todas las corrientes de su tiempo al aglutinar los elementos tradicionales y reconstruir sus códigos de acuerdo con un enfoque casi inédito para el lector de la época, recurriendo con habilidad a la estética de la agudeza.

Al mismo tiempo, su literatura se caracteriza por una visión crítica de la sociedad de su época, basada en su formación humanista y en su moderno concepto de la nobleza. A través de su personaje inmortal afirmará: “Sábete, Sancho, que un hombre no es más que otro, si no hace más que otro” (Quijote I, cap. XII). Pero se trata de una ironía indulgente, no airada, que recurre con frecuencia al empleo sutil de la ironía. Por otra parte, es habitual la inserción de las experiencias personales en sus obras, tanto las que son fruto de sus vivencias como las que se basan en la observación.

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