La Galatea (1585)

A los pocos años de su regreso del cautiverio de Argel, Cervantes, recién casado, publica su primera obra extensa, una novela pastoril, La Galatea. Se publicó en Alcalá de Henares en 1585, con el título de Primera parte de la Galatea, dividida en seis libros. Durante algún tiempo se creyó que era una obra juvenil de Cervantes, pero una carta del autor, fechada en 1582, en la que dice que está componiendo La Galatea, desdice esta opinión.

En el prólogo de la novela, el mismo Cervantes da a entender que había tenido en suspenso su publicación, cuando dice: “huyendo de estos dos inconvenientes (la excesiva ligereza y la escrupulosa tardanza), no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerle para mí solo más tiempo guardado, pues para más que para mi gusto solo le compuso mi entendimiento”.

Una vez que obtuvo el Privilegio para la impresión y venta del libro, Cervantes lo vendió al “mercader de libros” Blas de Robles por 1336 reales. En vida de Cervantes, solo dos veces, que sepamos, se reimprimió La Galatea: en Lisboa, en 1590, y en París, en 1611. Ambas ediciones están plagadas de omisiones y errores. La obra no tuvo apenas éxito literario, comparándola, no ya con el de la Diana de Montemayor (1559), cuya difusión fue realmente extraordinaria, sino con el de la Diana enamorada (1564) de Gaspar Gil Polo, que tuvo más de ocho ediciones.

Sin embargo, Cervantes tenía la profunda convicción de que había escrito una obra inmortal, y achacaba a ignorancia de los mercaderes y a malevolencia de los del oficio la escasa popularidad de su novela. Así hace decir a Delio en su Viaje del Parnaso (Madrid, 1614):

“No se estima,
señor, del vulgo vano el que te sigue
y al árbol sacro del laurel se arrima.
La envidia y la ignorancia le persigue,
y así, envidiado siempre y perseguido,
el bien que espera por jamás consigue.
Yo corté con mi ingenio aquel vestido
con que al mundo la hermosa Galatea
salió, para librarse del olvido.”

Cervantes pasó su vida prometiendo escribir la segunda parte de la obra: lo hizo en la dedicatoria de las Ocho comedias y entremeses nuevos (Madrid, 1615), en el prólogo de la segunda parte del Quijote (1615) y en la dedicatoria al conde de Lemos de Los trabajos de Persiles y Sigismunda (Madrid, 1617).

La obra, como se ha dicho, consta de seis libros. Cervantes siempre pensó que estaba escribiendo poesía y no narrativa, lo cual es muy comprensible ya que no tiene mucho que ver con el concepto de novela. La trama es tan tenue que se ha llegado a pensar que se reduce a un simple pretexto para engarzar los abundantes poemas, en los que se centraría el interés de Cervantes.

En torno al tema principal se apiñan numerosísimos relatos secundarios; casi todos ellos narran amores pueblerinos desde una perspectiva distinta a la del estereotipado mundo pastoril. Esta diversidad de elementos aumenta la densidad de la novela.

La acción comienza in medias res con los lamentos del pastor Elicio motivados porque el viejo Aurelio, padre de Galatea, la ha prometido en matrimonio a un pastor lusitano, Erastro, cuya llegada se espera de un momento a otro. Galatea, que es una hija modélica, vacila entre cumplir la voluntad de su padre o complacer a su enamorado Elicio; al final, opta por la segunda actitud. El pastor, dispuesto a evitar la boda a todo trance, pide ayuda a sus compañeros, que acuden masivamente  a su llamamiento. El ideal que les impulsa es puramente platónico: evitar que las riberas del Tajo se vean privadas de la belleza de Galatea que las alumbra con su resplandor. Cierra La Galatea el “Canto de Calíope” del sexto libro, sobre los poetas de su época, a imitación de Gil Polo.

La Galatea en la tradición pastoril

La Galatea es, como hemos dicho, la primera novela de Cervantes, pero el tema pastoril estará presente en muchas ocasiones en su obra. En El Quijote de 1605, por ejemplo, en la historia de Marcela y Grisóstomo, con la espléndida introducción del “discurso de la edad dorada” (capítulos 11 al 14) y en la historia de la pastora Leandra (capítulos 50-51). En la segunda parte del Quijote, el protagonista, derrotado por el mundo caballeresco, busca refugio en el pastoril. Lo pastoril es un continuo temático en la obra de Cervantes.

Thomas Cole - Dream of ArcadiaEste tipo de novelas alcanzó su momento de esplendor en la segunda mitad del siglo XVI, aunque no llegaron a ser tan populares como las de caballerías.

Aunque la fuente más importante de la novela pastoril renacentista fue la Arcadia, del escritor italiano Iacopo Sannazzaro (1456-1530), sus orígenes se encuentran en los narradores griegos Teócrito y Longo, y en el poeta latino Virgilio.

Virgilio había imaginado un espacio ideal llamado Arcadia. En este espacio sin tiempo ni lugar en el que el ocio se oponía al negocio ciudadano, el ser humano aspira a ser pastor para lograr la meditación interior. El río, el árbol, el valle son naturaleza a la que el pastor puede dirigirse mediante el diálogo.

El hombre renacentista sabe que esa Arcadia no existe, pero es un ideal que implica un movimiento interior que le lleva al diálogo consigo mismo y con los demás.

Pueden también rastrearse ciertos elementos pastoriles en algunas novelas de caballerías, al final de Los amores de Clareo y Florisea, así como en las églogas dramáticas de Juan del Encina y en las églogas líricas de Garcilaso de la Vega.

La novela pastoril renacentista relaciona el ambiente bucólico con el cortesano; esa mezcla permitió, en su época, una lectura en clave en la que se transmitían alusiones a personas y sucesos reales, que actualmente se nos escapan.

guercinoEl hilo conductor de la novela pastoril se construye también mediante el viaje: los personajes caminan buscando su felicidad. En la historia se distinguen dos tipos de acciones: una presente, lenta, y otras en pasado, que son las constituidas por los relatos de los pastores. Durante el viaje se suman historias de problemas amorosos de otros personajes, que se comunican y comparten.

Los protagonistas de la novela pastoril son pastores idealizados que se comportan y hablan como cortesanos y se caracterizan por su castidad. En este tipo de novelas, los personajes femeninos adquieren protagonismo.

El espacio donde habitan y dialogan los pastores representa el mundo ideal al que se aspira como evasión de la realidad. Constituye un espacio bucólico: arcádico, compuesto por los elementos naturales propios de locus amoenus: árboles, fuentes, valles umbrosos, verdes prados, arroyuelos, ovejas…

La novela pastoril coincide con la novela de aventuras en el comienzo in medias res y en la interpolación de historias intercaladas.

El Juicio de ParisEn estas novelas, el diálogo adquiere gran importancia y el papel del narrador queda restringido: se limita a ceder la palabra a los personajes, a iniciar y concluir escenas o a realizar breves descripciones, y no intercala digresiones. De este modo, casi toda la historia es transmitida por las intervenciones de los personajes, por lo que el discurso es básicamente dramático.

Este diálogo se interrumpe por medio de dos procedimientos:

  • Cartas. El intercambio de cartas figura en todas las historias, pero, a diferencia de la novela sentimental, no son el elemento constructivo básico.
  • Poemas. A veces funcionan como nudos del relato: cuentan sucesos necesarios para entender la historia; otras son solo descansos en la narración.

En España, este tipo de novelas se inaugura en 1559 con Los siete libros de Diana, obra de Jorge de Montemayor, que se convirtió en un modelo. La obra combina elementos de la narrativa, la lírica y el drama en una estructura en prosa con intercalación de verso. La obra resalta el papel que desempeña el amor en el destino de la persona y la dignidad del enamorado que lo sufre.  La Diana de Montemayor sigue la antigua tradición de presentar su novela como una historia verdadera. Así lo afirma en el “Argumento de este libro”, que incluye al principio de la obra:

Y de aquí comienza el primero libro, y en los demás hallarán muy diversas historias, de casos que verdaderamente han sucedido, aunque van disfrazados debajo de nombres y estilo pastoril

Esta novela tuvo veinte ediciones en treinta años y pronto se tradujo al francés y al inglés.

Aquí tenéis un fragmento del libro I de Los siete libros de Diana de Jorge de Montemayor:

No mucho después de que los pastores dieron fin al triste canto, vieron salir dentre el arboleda, que junto al río estaba, una pastora tañendo con una zampoña, y cantando con tanta gracia y suavidad como tristeza; la cual encubría gran parte de su hermosura, que no era poca. Y preguntando Sireno, como quien había mucho que no repastaba en aquel valle, quién fuese, Sylvano le respondió:
— Esta es una hermosa pastora que de pocos días acá apacienta por estos prados, muy quejosa de amor, y según dicen con mucha razón, aunque otros quieren decir que ha mucho tiempo que se burla con el desengaño
—¿Por ventura—dijo Sireno—, está en su mano el desengañarse?
—Sí—respondió Sylvano—, porque no puedo yo creer que haya mujer en la vida que tanto quiera, que la fuerza del amor le estorbe entender si es querida o no.
—De contraria opinión soy yo.
—¿De contraria? —dijo Sylvano—. Pues no te irás alabando, que bien caro te cuesta haberte fiado en las palabras de Diana, pero no te doy culpa, que así como no hay quien venza su hermosura, así no habrá a quien sus palabras no engañen.
—¿Cómo puedes tú saber eso, pues ella jamás te engañó con palabras ni con obras?
—Verdad es— dijo Sylvano— que siempre fui de ella desengañado, mas yo osaría jurar, por lo que después ha sucedido, jamás me desengañó a mí sino por engañarte a ti. Pero dejemos esto, y oigamos a esta pastora que es gran amiga de Diana, y según lo que de su gracia y discreción me dicen, bien merece ser oída.
A este tiempo llegaba la hermosa pastora junto a la fuente cantando este soneto:
Ya he visto yo a mis ojos más contento,
ya he visto más alegre el alma mía,
triste de la que enfada, do algún día
con su vista causó contentamiento.
Mas como esta fortuna en un momento
os corta la raíz del alegría:
lo mismo que hay de un es a un ser solía
hay de un gran placer a un gran tormento.
Tomaos allá con tiempos, con mudanzas,
tomaos con movimientos desvariados,
veréis el corazón cuán libre os queda.
Entonces me fiaré yo en esperanzas,
cuando los casos sean sojuzgados,
y echado un clavo al eje de la rueda.

 

“Razonar casos de amor”

En el universo poético de La Galatea, el elemento clave es el concepto del amor, como es de esperar en una novela pastoril, aunque la de Cervantes no tienen tan nítidos e íntegros contornos como la Diana de Montemayor, por ejemplo.

El amor de La Galatea tiene una filiación claramente neoplatónica que lo une necesariamente a la naturaleza. Para los neoplatónicos del siglo XVI, el amor es una fuerza trascendente de acercamiento a la forma perfecta y por tanto tiene dentro de él la virtud cognoscitiva. El pastor –el más fino enamorado que se pueda dar– posee ciencia infusa en esas materias. Cervantes está inspirándose en los más conocidos expositores italianos de la teoría neoplatónica del amor: León Hebreo, Castiglione, Pietro Bembo y Mario Equicola.

Pero en La Galatea a veces el amor esta tan hondamente enclavado en la personalidad del pastor, que no se puede hablar de teoría, sino de sufriente e ilógica humanidad. Basta repasar algunos de los “casos de amor” para vez cómo el concepto de amor se empapa de vida concreta y se aparta de la teorización abstracta.

Creí que el fuego que en el alma enciende
el niño alado, el lazo con que aprieta,
la red sotil con que a los dioses prende,
y la furia y el rigor de su saeta,
que así ofendiera como a mí me ofende
al sujeto sin par que me sujeta;
mas contra un alma que es de mármol hecha,
la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.
Yo sí que al fuego me consumo y quemo,
y al lazo pongo humilde la garganta,
y a la red invisible poco temo,
y el rigo de la flecha no me espanta.
Por eso soy llegado a tal extremo,
a tanto daño, a desventura tanta,
que tengo por mi gloria y mi sosiego
la saeta, la red, el lazo, el fuego.
Esto cantaba Elicio, pastor en las riberas de Tajo, con quien naturaleza se mostró tan liberal cuanto la Fortuna y el Amor, escasos; aunque los discursos del tiempo, consumidor y renovador de las humanas obras, le trujeron a términos que tuvo por dichosos los infinitos y desdichados en que se había visto (y en los que su deseo le había puesto) por la incomparable belleza de la simpar Galatea, pastora en las mesmas riberas nacida; y, aunque en el pastoral y rústico ejercicio criada, fue de tan alto y subido entendimiento que las discretas damas, en los reales palacios crecidas y al discreto trato de la corte acostumbradas, se tuvieran por dichosas de parecerla en algo, así en la discreción como en la hermosura.

El mundo natural de La Galatea

El mundo natural en que viven estos pastores también tiene características propias, aunque mucho menos acusadas que en el concepto del amor. El punto de partida es el hecho de que la Escolástica medieval había convertido al concepto de Naturaleza es algo bifronte, expresado en la dualidad Natura naturata y Natura naturans.

La naturaleza creada (Natura naturata) es captada siempre por el neoplatonismo ambiental del Renacimiento en su expresión mínima, de siempre y ubicua: un prado, un árbol, una fuente. Se trata de la idea de naturaleza, que en La Galatea y las demás novelas pastoriles se expresa con un mundo natural esencializado, que rueda, incambiable, por toda esa literatura platonizante.

El concepto de Natura naturans está en la raíz de todo culto naturista, desde el De planctu Naturae de Alain de Lille (siglo XII) hasta Yerma de García Lorca. De todas estas épocas es el Renacimiento la que con mayor fervor canta las glorias del poder efectivo y actuante de Naturaleza, con mayúscula, ya que su culto la ha elevado al rango de divinidad o semi-diós, por lo menos.

Es esta naturaleza, de efectivos poderes demiúrgicos, la que informa y sostiene el mundo poético renacentista. La Galatea no puede constituir excepción, pero en la cita que sigue sí ofrece nuevas matizaciones:

Aquí se ve en cualquiera sazón del año andar la risueña primavera con la hermosa Venus en hábito sucinto y amoroso, y Céfiro que la acompaña, con la madre Flora delante, esparciendo a manos llenas varias y odoríferas flores. Y la industria de sus moradores ha hecho tanto, que la naturaleza, incorporada con el arte, es hecha artífice y connatural del arte, y de entrambas a dos se ha hecho una tercia naturaleza, a la cual no sabré dar nombre.