El amanecer mitológico

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Aunque la cronología y el espacio de los libros de caballerías es muy variado, existen una serie de lugares (la floresta, la encrucijada, el castillo, la cueva) y estaciones (primavera, verano) claves para el desarrollo de la acción. La descripción de los mismos se convierte en muchas ocasiones en un ejercicio retórico, en un artificio ornamental y amplificatorio. Los comienzos de libro y de capítulo se prestan especialmente para ubicar la acción en un tiempo concreto, casi siempre en una primavera perpetua y en un amanecer mitológico, todo ello descrito con una prolija y enrevesada prosa, como la utilizada en el Polindo,Cirongilio de Tracia u Olivante de Laura, e imitada por don Quijote en la descripción de su primera y madrugadora salida.

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:

—¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel»

No hacía Cervantes sino parodiar la prolija y enrevesada prosa de los libros de caballería como puede verse en este ejemplo de Cirongilio de Tracia, libro de caballerías escrito por Bernardo de Vargas en 1545:

“Apenas el hijo de Latona habiendo girado e ilustrado la antípoda región, ahuyentados los bicolóreos crines de la tripartita y triforme Aurora, con rostro sereno y prefulgente, dejada y desamparada su fúlgida y áurea cuna, subiendo en su ignífero y cuadriequal carro, visitaba a la dorada queroneso, alegre con su vista cotidiana, y ya extendía sus rubicundos brazos, comunicando sus generativos accidentes con los habitadores del elemental orbe, centro del firmamento universal, cuando el caballero Rodilar, despedido del del Águila, muy consolado de lo que por él le había sido prometido, se partió a su castillo donde Rocadel su padre estaba. “

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