Cómo vestían los hombres en la época de Cervantes

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Los españoles de los siglos XVI y XVII utilizaban preferentemente el color negro en su vestuario. Los principios de Trento no admitían frivolidades y exigían del caballero una falta absoluta de adornos y joyas. Solo bajo el reinado de Felipe III se impusieron colores más vivos.  Solo la gorguera rizada o lechuguilla ponía el toque luminoso en el atavío, pero a comienzos del reinado de Felipe IV se sustituyó por la valona, un cuello plano, blanco y almidonado, que en ocasiones iba adornado con encajes.

Durante el reinado de Carlos I se impusieron modas que perdurarían largos años, como las cuchilladas, aberturas realizadas en la tela de las mangas y calzones que dejan ver los forros de colores vistosos.

En estos años, la indumentaria masculina constaba de jubón, calzas y sayo, una prenda con faldas que se vestía sobre el jubón. A partir de 1530 el sayo se sustituye por el coleto, chaleco corto sin mangas, o la cuera, prenda de origen militar que podía llevar mangas cortas. También se usaban la ropeta y la ropilla.

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Entre las prendas de abrigo con mangas destacaba la ropa, abierta por delante y forrada de piel. Si esta era de cordero se denominaba zamarro. Otra prenda de este tipo era el tudesco, semejante a la anterior, pero que se llevaba echada por los hombros, sin meter las mangas.

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Se usaban también capas de diversos tipos, aparte de la capa propiamente dicha destacan el capote, el tabardo, el capuz y la bernia.

Las calzas podían ser enteras, heredadas del siglo anterior; pero a partir de 1530 se dividen en dos piezas: medias y muslos o muslos de calzas. Estas, en los años siguientes, empezaron a adornarse con cuchilladas, por lo que se hicieron más voluminosas, a las que se denomina erróneamente greguescos.

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Los hombres de las clases humildes llevaban calzones largos, parecidos a los pantalones actuales o cortados en la rodilla, que se diferenciaban de las calzas en que no se ajustaban a la forma de la pierna. Esta sencilla prenda se completaba con una camisa de lienzo, la capa de bayeta –un tejido basto– y un sombrero de alas anchas y caídas.

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En los estratos sociales intermedios se hacían sentir los vaivenes de la moda, dando lugar a versiones adaptadas a los distintos bolsillos de las prendas o formas dominantes en cada momento.

Los zapatos eran de piel, cuya finura variaba según el fin a que se destinasen. Entre las clases populares estuvo muy difundido el uso de alpargatas con suela de esparto y entre los campesinos se usaban las abarcas, calzado de forma tosca y ancha, fabricado en cuero basto, que se sujetaba a la pierna por medio de tiras de cuero o cuerdas de cáñamo; en algunas partes, la madera sustituyó al cuero para la confección de las suelas.

Complementos indispensables junto a las capas eran las espadas y los sombreros, signos de hidalguía y de distinción social, que terminaron por formar parte de la indumentaria de todos. Las espadas eran de una longitud descomunal y colaban del tahalí, tira de cuero que cruzaba el torso desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda.

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Los sombreros podían ir adornados con plumas, siendo las que llevaban los soldados de vistosos colores, mientras que los criados no las usaban; las capas eran largas, lo que permitía embozarse con ellas; el sombrero calado y embozado en su capa, un individuo era difícilmente reconocible.

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