Miguel Servet

Carmen Andreu Gisbert

Miguel Servet, historia de un fugitivo de Fernando Martínez Laínez 

Libertatem measervet2m mecum porto[1] fue el emblema que Servet eligió en su edición de la Biblia de Santes Pagnini. Se trata de un emblema renacentista de la libertad de pensamiento que encaja perfectamente con la trayectoria vital de Miguel Servet, ya que relaciona dos aspectos básicos de su biografía: por una parte, la defensa de la libertad de conciencia y de expresión, aunque conlleve la persecución, el hostigamiento e incluso el violento final, y por otra, la vida entendida como un viaje perpetuo en busca de la verdad.

9788484602705La vida de Miguel Servet, tal como nos la presenta Fernando Martínez Laínez [2], constituye, de este modo, una búsqueda casi suicida de la verdad que, paradójicamente, y debido a las persecuciones a las que se ve sometido desde su juventud, ha de sostenerse en un gran número de ocultaciones y falsedades. Servet parte en busca de la verdad y no teme nada; sin embargo, él mismo ha de mentir, ocultarse, inventarse otro yo para sobrevivir. El precio de su libertad de pensar y decir lo que piensa es su identidad. Los sucesivos cambios de nombre que debe asumir a lo largo de su vida para no ser descubierto acreditan esta construcción identitaria propia del perseguido que debe mostrar ante los demás una imagen que no corresponde a su verdadera naturaleza. En este sentido, el apodo familiar Revés es bellamente sugerente del juego de espejos que configura la creación de esa invención que es Miguel Servet, que partirá del Serveto original al afrancesado Servet, pasando por distintas máscaras (Michel de Villeneuve; Vilanovanus…).

Miguel Servet sostiene ante los demás una ficción que funciona como cortina de humo tras la que ocultarse y que resulta tan efectiva que incluso alguien como Quintana, con quien viajó por España, Italia y Alemania, siendo testigo de las disputas teológicas de la época, se ve sorprendido al descubrir en su joven paje al autor de una obra incendiaria, Siete libros sobre los errores de la Trinidad, que va a granjearle intensas enemistades y graves problemas.

En este espacio entre lo que es y lo que aparenta, el hueco tras la máscara, es donde Miguel Servet desarrolla su auténtica personalidad, una personalidad forjada en el ansia de saber y la pasión por la polémica, que le lleva a viajar por toda Europa con intención de discutir con los grandes teólogos de la época. Así, un joven que aparentemente no es más que un estudiante de Leyes buscará contrastar sus opiniones y sus convicciones cada vez más heterodoxas con las mejores mentes de la Reforma: viajará a Estrasburgo y Basilea con la intención de conversar con el mismo Erasmo de Rotterdam, encuentro que finalmente no tuvo lugar. En Basilea, el joven Servet se presenta ante Ecolampadio, cabeza de la reforma protestante, quien, escandalizado ante las ideas de este joven “altanero, orgulloso y disputador”, lo denuncia a Zwinglio y lo hace huir a Estrasburgo.

La publicación de su primera obra, los Siete libros sobre los errores de la Trinidad, lo lanza a la palestra de las discusiones teológicas del más alto nivel y lo pone en el punto de mira tanto de la iglesia protestante como de la católica, cuyos brazos seculares se movilizan para atajar el efecto que pudieran tener las ideas de Servet entre los fieles. En cierta manera, los protestantes habían abierto la puerta al libre examen y a la libre interpretación y Servet no hacía más que llevar al extremo tal propuesta. Mostraba ante todos su propia interpretación de la Biblia y se avenía a discutirla con argumentos basados en la razón, pero obtuvo como respuesta las amenazas y la violencia. El propio Servet, convencido de la verdad de sus razonamientos, distribuyó el libro por toda Europa, y, pese al escándalo que generó la obra, continuó avivando la polémica con la publicación de los Dos libros de diálogos sobre la Trinidad. Servet, con un gesto entre incauto y desafiante, puso su nombre completo en la portada de ambos libros. Se convertía así en un blanco fácil y su actitud determinó la creación de su primera máscara: en adelante, ya nunca podrá volver a usar su verdadero nombre.

A partir de este momento, Servet vive una existencia de fugitivo nicodemita, un creyente que ante la persecución debe ocultar sus creencias religiosas por miedo a ser descubierto. Oculto bajo su nueva identidad, Miguel Servet estudia medicina y geografía en la Universidad de París y se doctora en la de Montpellier, realiza una brillante edición de la Geografía de Ptolomeo, publica una exitosa obra titulada Explicación universal de los jarabes, se interesa por la astrología como vínculo entre el microcosmos del hombre y el macrocosmos del universo, así como por su aplicación en la medicina y se adentra en los procelosos territorios de la astrología predictiva o judiciaria, prácticas que defiende en su Discurso en pro de la astrología.

No obstante, el espacio tras la máscara es estrecho y Servet no puede evitar que en más de una ocasión su verdadera naturaleza salga a la luz. Por ello no podrá soslayar, mientras se oculta con nombre falso entre los estudiantes de París, la disputa con Calvino, cuya enemistad será fatal para el joven aragonés. Del mismo modo que, más adelante, en el periodo más tranquilo y feliz de su vida, en Viena del Delfinado, cuando, ya médico, ejerce como tal bajo el amparo del arzobispo Palmier y se encuentra confortablemente protegido por su nombre falso y su nacionalidad francesa, le resultará imposible rehuir la necesidad imperiosa de dar a conocer sus convicciones y creencias con el ingenuo afán de que si sus interlocutores no son capaces de rebatirlas, las acabarán aceptando.

La publicación de la Restitución del Cristianismo ¾obra en la que se encuentra la descripción pormenorizada de su descubrimiento de la circulación pulmonar de la sangre¾ muestra una sorprendente mezcla de cautela y temeridad: todas las prevenciones hechas en la impresión resultan inútiles ante el envío de un ejemplar de la obra a Calvino y la insistencia de Servet en mantener correspondencia con el reformista, que no tarda en descubrir a su enemigo bajo las siglas M.S.V.

La denuncia no se hace esperar y con ella el apresamiento y la cárcel, primero en Viena del Delfinado y, tras una rocambolesca huida, en Ginebra donde, incomprensiblemente, aparece Servet que es reconocido y denunciado. En los primeros interrogatorios de Viena, Servet intenta mantener en pie la falsa identidad tras la que se ha parapetado todos estos años, pero, tras su detención en Ginegra, parece que Servet, hastiado de su máscara, se enfrenta a cara descubierta a sus enemigos. Los interrogatorios son extenuantes y las condiciones en las que mantienen al prisionero son, como él mismo denuncia, inhumanas. Finalmente, las intrigas y malevolencias de Calvino consiguen la condena por dos cargos: su rechazo a la Trinidad y al bautismo infantil, aunque la verdadera razón de su condena parece deberse al terror de Calvino a que las doctrinas de Servet se extendieran por las iglesias reformadas.

Miguel Servet fue condenado a morir en la hoguera el día 27 de octubre de 1553. No se le ahorraron ni humillaciones ni sufrimientos, pero ni siquiera en medio de la horrible agonía de su muerte pudieron conseguir que se retractase de sus ideas. Él mismo escribió en las respuestas a los ataques de los pastores protestantes durante el proceso de Ginebra: “In causa tam justa sum constans, et mortem nihil formido”.[3]

[Artículo publicado en Estudios sobre Miguel Servet IV,2009: IES Miguel Servet, Zaragoza]

[1] “Conmigo llevo mi libertad”

[2] Martínez Laínez, Fernando: Miguel Servet. Historia de un fugitivo, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2002.

[3] “En causa tan justa estoy firme y nada temo a la muerte”.

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